Domingo 21 de Octubre de 2018

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“Combatir la epidemia de obesidad exige crear una verdadera contracultura”

Comer mucho, mal y a las corridas, no moverse y obsesionarse con dietas, son pésimas costumbres que deben olvidarse si se aspira a un peso adecuado, afirma la nutricionista.

“Combatir la epidemia de obesidad exige crear una verdadera contracultura”

Comer mucho, mal y a las corridas, no moverse y obsesionarse con dietas, son pésimas costumbres que deben olvidarse si se aspira a un peso adecuado, afirma la nutricionista.

¡Has de ser delgado! Este imperativo que se respira en nuestra época se superpone a una epidemia de obesidad. Y es que la interpelación a tener el cuerpo de Twiggy convive con una vida inmóvil e inclinada a comer y beber. Cada encuentro y celebración, cada pequeña o gran frustración, o cada film que se mira, parecen excusas para la ingesta de miles de calorías. Ante esto, Irene Ventriglia, médica que dirige el equipo del Hospital Italiano para el descenso saludable de peso, postula un rechazo a las dietas. Se trata de construir una contracultura: que no todo pase por comer y beber, y que el hábito de caminar deje atrás al sedentarismo.

¿A qué responde el mandato a ser delgado? 

Existe una gran exigencia a ser delgado. Son muchos los factores que forjaron ese mandato. En los años 60, Twiggy, una modelo inglesa de 16 años que padecía anorexia nerviosa, se convirtió en el ideal de belleza, y pese a muchos esfuerzos hoy en día lo sigue siendo, basta con mirar algún desfile de modelos. También, para esa época, al conocerse que los pacientes obesos morían antes, comenzó a usarse la delgadez como criterio en la selección de puestos de trabajos y para cuotas de seguros de vida. Una aseguradora en los EE.UU., Metropolitan Insurance, en 1959 diseñó una famosa tabla ( Height and weight tables ), que rigió por años en casi todas partes del mundo, en la cual para entrar en rango “normal” se debía estar muy delgado.

Pero también se come más.

Se instaló en nuestra sociedad una paradoja; por un lado existe una fuerte presión para ser delgado, y por otro se promueven hábitos familiares, sociales y culturales que someten a toda la sociedad a comer más y moverse menos. Se habla de familia y sociedad obisóginas, que promueven la obesidad, y lo hacen por las horas que pasa una persona mirando TV o frente a su computadora; también porque no hay tiempo para caminar o para preparar la propia comida y comerla en familia.

¿Hay un peso ideal del cuerpo? 

Sí, pero ese ideal está en nosotros y se construye según consignas y demandas psicosociales, que definen cómo debemos lucir y cuánto debemos pesar. La contextura corporal (pequeña, mediana, grande; o atlética, longilínea, pícnica) está determinada por la herencia; está escrita en nuestros genes. Puedo ser rubia o morocha, tener nariz larga o corta; podré teñirme, operarme la nariz, pero si tengo piernas gruesas, con la actividad física lograré buena musculación y mejor contorno, pero probablemente no se reducirán al grado de satisfacer “el ideal” de pierna delgada que se ha forjado en mi cabeza. Para lograr ese cuerpo “ideal”, alejado de lo que dicen mis genes, todas las fórmulas serán fallidas y sólo ocasionarán daños físicos y psíquicos. Con una contextura musculosa y sin obesidad, haciendo dieta jamás lograré obtener ese ideal de cuerpo y sí me generaré un trastorno alimentario.

¿El sobrepeso es una epidemia? 

Sí, ya en 1995 la Organización Mundial de la Salud declaró a la obesidad como epidemia, y actualmente para esa epidemia no hay diferencia entre países pobres y ricos. Esto ocurre porque especialmente en las últimas seis décadas se han producido cambios en la estructura familiar y en lo cultural que definen una manera diferente de alimentarse, replanteando qué se come, cuánto, cómo, con quién y dónde, y también modificando nuestros hábitos de acción hasta asumir la inmovilidad como algo natural. Pasamos días, meses o años sin realizar ningún tipo de actividad física. La inmovilidad nos parece justificada; se dice: “sólo hacen gimnasia los que no trabajan”. El sedentarismo que se instaló es un grave problema de salud, que promueve, sostiene y recicla enfermedades no transmisibles como diabetes, obesidad, hipertensión, dislipemia, etc. La epidemia de obesidad se desarrolla porque hay toda una serie de cambios poco saludables en los hábitos de vida.

¿Por ejemplo?

Son hábitos que promueven la ingesta casi permanente de comida, en general de mala calidad y en mayor cantidad. Cuando se iba al cine en los años ‘50 la porción de pochoclo no excedía las 174 calorías; actualmente la porción tiene más de 1700. Otro hábito es el de festejar comiendo. Sin comida y sin bebida también se pueden pasar muy buenos momentos.

¿Cómo enfrentar esos hábitos?

Combatir la epidemia de obesidad exige crear una verdadera contracultura. Se debe trabajar en la incorporación de hábitos más saludables, y este trabajo va contra lo aprendido en la casa, en el colegio, en el trabajo. Un asadito va mucho mas allá de comer un poco de carne: tiene que ver con el encuentro, con lo afectivo, con compartir, es parte de nuestras costumbres. Pero en cada uno de esos encuentros estamos ingiriendo entre cinco y siete mil calorías, y no existe actividad física que gaste esa cantidad de calorías. Una caminata de media hora puede hacernos gastar unas trescientas calorías.

¿Cómo se advierte el sobrepeso?

Para diagnosticar obesidad sólo necesitamos balanza y centímetro. Una de las primeras estafas al paciente con sobrepeso es ofrecerle métodos sofisticados de diagnóstico para definir su obesidad. Podemos saber perfectamente si hay o no sobrepeso a través del índice de masa muscular, que relaciona peso con talla. Es importante determinar si hay obesidad o hiperobesidad, ya que a mayor sobrepeso, mayor riesgo de padecer otras enfermedades.

¿Cómo bajar de peso? ¿Pensando en kilos o en hábitos?

Hay que cambiar hábitos. Se hicieron estudios en jóvenes sin trastornos de la alimentación, sometiéndolos a dietas restrictivas por algún tiempo y pudo comprobarse que desarrollaron lo que se llamó “síndrome de inanición”, que consiste al inicio en irritabilidad, disminución del rendimiento intelectual y de la libido, apatía, hasta depresión, terminando en conductas alimentarias compulsivas. Las dietas restrictivas son generadoras, tarde o temprano, de ingestas compulsivas compensatorias. Todo trastorno del comer, ya sea obesidad, sobrepeso, bulimia o anorexia, se revierte comiendo, no cosiéndose la boca. Es errado suponer que para bajar de peso la solución sea no comer. Lo que se debe hacer es comer, comer bien, saludablemente; y hay que saber que todo se agrava con restricciones y haciendo dieta. Es falso que si se tiene sobrepeso haya que hacer dieta. Es peligroso creer que el costo de estar delgado es matarse de hambre.

¿Se puede comer chocolate? 

No existen los alimentos prohibidos. El dulce de leche y el chocolate son alimentos nobles. El problema es que si me gustan mucho y paso meses de privación, se instala un vínculo enfermo con los alimentos deseados y, cuando los como, lo hago con voracidad y compulsivamente.

¿Por qué en general fracasan los esfuerzos por bajar de peso? 

Porque se centran en una sola y fallida variable de ajuste, que es “la dieta”, y para bajar de peso hay que centrarse en adquirir hábitos saludables. Como fruto de la implementación de los nuevos hábitos vendrá el descenso de peso.

¿Es erróneo buscar el cambio desde las restricciones?

Sí. Restricción significa hambre, y es erróneo pretender que alguien se recupere estando hambreado. Es imposible sostenerlo en el tiempo. Como la obesidad es una enfermedad crónica, lo más importante es ir encontrando soluciones que sean posibles de sostener en el tiempo.

¿Por qué en uno la imagen corporal se presenta alterada? 

La alteración de la imagen y el esquema corporal están presentes en todos los que padecen trastornos de la alimentación. Pueden verse mucho más grandes de lo que son, o pueden no darse cuenta de lo mucho que han engordado, y es frecuente que su imagen corporal no evolucione al ritmo del tratamiento. Es importante trabajar el nuevo esquema corporal con técnicas en las que ese nuevo cuerpo tome protagonismo, sea mirado por uno y se exponga a la mirada de los otros.

¿Qué es comer “bien”?

Comer es un placer. Una persona no puede vivir bien si está con hambre, frío o sin dormir. Comer bien es una necesidad básica y un derecho que debe ser respetado. Lo que hace la diferencia entre comer bien y mal es la calidad y la cantidad. En general, la cantidad no es tenida muy en cuenta. Hay pacientes que dicen que sólo comen verduras y frutas. Puede ser, ¿pero qué cantidad? La dificultad radica en poder soportar comer sólo una milanesa pequeña o sólo dos medialunas.

¿Cuál sería un mejor lugar del comer en la vida social y familiar?

En los pacientes con trastornos de la alimentación, la regulación de estos centros nerviosos del hambre y la saciedad no funcionan del todo bien. Es por eso que se insiste en la regularización de las horas de las ingestas. Deben comer de cuatro a seis veces al día para evitar el ayuno y sus consecuencias nocivas, y el ámbito más idóneo para realizar las ingestas es la casa. Sentándose a la mesa en familia, por lo menos una vez al día, es como se transfieren las buenas costumbres alimentarias. En la mesa familiar se enseña a comer, a darle valor a la comida, a prepararla con calidad y reparar en la cantidad. Y es también esa mesa el lugar más adecuado para que los padres detecten en etapas tempranas algún trastorno de alimentación de sus hijos.

¿Lo light y diet equivalen a lo bueno?

Desde que irrumpieron en el mundo los alimentos y bebidas de tipo light y diet, la prevalencia de la obesidad -lejos de disminuir- ha aumentado de manera global y marcada. O sea que nada han aportado a la solución de este grave y complejo problema de salud. Por eso hay que estar atento, más que nada, a la comida saludable y a las cantidades razonables.

¿Hasta cuándo comer? ¿Se debe buscar la sensación de saciedad?

Los paciente obesos padecen, entre otras cosas, alteración en la regulación de esos dos importantes centros nerviosos que son el hambre y la saciedad. Es muy frecuente que un paciente nos cuente que paso todo el día sin comer y no sintió hambre -y debemos creerle- y que cuando empezó a comer, cuando llegó a su casa por la noche, no pudo parar. Por eso es importante organizar los horarios de las ingestas y las cantidades de las porciones.

Fuente: Clarin

IRENE VENTRIGLIA. MÉDICA

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