Martes 13 de Noviembre de 2018

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"A la cama sin cenar" y otras penitencias fuera de época: ¿ya no funcionan más?

Las nuevas formas de criar se cuestionan todo, hasta los castigos más clásicos que usaban nuestras abuelas. 

Recursos de antaño como el viejo de la bolsa o las amenazas del padre castigador van dando lugar al diálogo y a la elaboración de algunas explicaciones.

 

"A la cama sin cenar" y otras penitencias fuera de época: ¿ya no funcionan más?

Las nuevas formas de criar se cuestionan todo, hasta los castigos más clásicos que usaban nuestras abuelas.

Recursos de antaño como el viejo de la bolsa o las amenazas del padre castigador van dando lugar al diálogo y a la elaboración de algunas explicaciones.

"Ya vas a ver cuando venga tu papá lo que te va a pasar"; "si no te dormís va a venir el viejo de la bolsa o el cuco"; "te vas a la cama sin comer". Muchos de estos castigos, que se siguen reproduciendo sin crítica alguna en las series de tv y en películas, suenan ya anacrónicos y crueles. ¿Dejaríamos a un chico en plena etapa de desarrollo sin alimento por más de doce horas? ¿Asustaríamos hasta la lágrima? ¿O hemos cambiado y ya no usamos estos recursos?

Los límites son necesarios, el "no" puede variar su forma: desde un grito pelado que nos hace doler las cuerdas vocales, al famoso "chirlo a tiempo", una mirada intensa, una amenaza que genera miedo o una explicación dada con firmeza. ¿Qué elegimos?

Recursos de antaño como el viejo de la bolsa o las amenazas del padre castigador van dando lugar al diálogo y a la elaboración de algunas explicaciones. Aún así, y pese a todos los cambios positivos que fuimos haciendo, seguimos utilizando herramientas que tienen que ver con los juegos de poder, con marcar quién es la figura de autoridad ("el que manda acá soy yo, porque sí"), en lugar de acompañar a nuestros hijos generando un encuadre que les permita aprender a dejar de hacer eso que no nos parece correcto.

 

Muchos de estos castigos, que se siguen reproduciendo sin crítica alguna en las series de televisión y en películas, suenan anacrónicos crueles y dañinos.

A veces caemos. Alegamos cansancio, hartazgo e impaciencia; entonces recurrimos al modelo más conocido, a la manera en la que fuimos educados nosotros.

"La forma más respetuosa de poner límites es con empatía y diálogo -explica la licenciada en psicología Marcela Mariangeli- comprendiendo lo que cada 'no' va a generar frustración. Validar aquello que les pasa implica ser empáticos, comprenderlos, estemos de acuerdo con lo que hacen o no".

 

Y si bien estamos de acuerdo en que el límite es un elemento fundamental en la crianza, el "no" puede variar su forma.

El error más común que cometemos es creer que la infancia o adolescencia de nuestros hijos es igual que la nuestra y al actuar desde allí desconocemos que muchas veces los niños de hoy son más contestatarios, desafiantes e hiperactivos, no porque sean “malos niños” sino porque son el resultado de una sociedad así.

Qué bueno sería que como adultos, antes de retar a nuestros hijos por sus maneras, nos miremos a nosotros en el tránsito, en las discusiones con nuestras parejas, haciéndonos responsables de la violencia y falta de límites que fácilmente vemos en ellos.

Según la licenciada Mariangeli: "El desarrollo implica distintas etapas evolutivas. Los adultos, desde una mirada 'adultocentrista' muchas veces suelen aplicar penitencias y castigos en el intento de marcar límites, sin comprender que no es lo mismo un bebé que llora porque es su forma de comunicarse, que un niño de dos años que empieza de forma progresiva a experimentar acciones y desarrollar conductas en base a la experiencia sensorio-motriz, que un niño más grande que atraviesa un nivel abstracto de pensamiento que involucra una inteligencia más compleja, o que un niño de once años que ya posee un pensamiento lógico."

¿Qué le enseñamos a un niño con un castigo, una penitencia o una amenaza? ¿El mensaje que reciben es un aprendizaje desde una autoridad cariñosa que piensa en ellos? ¿O es producto del autoritarismo de quien ya no puede más y entonces lo único que quiere es que cese algo que molesta?

"Antes de los tres años, los diálogos deben ser cortos, claros, ya que el niño no tiene la capacidad de comprender un largo discurso, sostener la atención por largos periodos. Los 'no' llegan a comprenderse al modo del adulto recién después de esta edad, cuando deben ir acompañados de explicaciones", agrega Mariangeli.

Al tener hijos deberíamos saber que no vienen a cumplir todas nuestras expectativas, y que no traen un manual ni un un botón de "off" para apagarlos cuando nosotros queremos. Y sí, hay momentos en que no podemos más y sale lo peor de nosotros, pero con sólo saber esto y registrar también cómo estamos, la cosa puede ir mucho mejor.

Es importante tener bien en claro lo que generan los castigos y las amenazas: activan la respuesta más primitiva que tenemos, el miedo. Es hacer lo que me dicen para que, desde un instinto de protección, no me pase algo malo. Allí no hay aprendizaje y probablemente en un futuro se vuelva a repetir la misma conducta. Decirle a un niño: “si no comes no vas a poder ver tu programa de televisión” es enseñarle que tiene que hacer lo que le pedimos, para sacarnos de encima la situación incómoda de que el nene no come. Está bien, tal vez logremos nuestro cometido, pero el chico no entendió que es necesario comer tranquilo para alimentarse.

Las transacciones del tipo "premios, amenazas y castigos" son habituales, pero solucionan lo del momento y no generan un aprendizaje como proceso a largo plazo.

Si nos tomamos el trabajo de explicar, pero sobre todas las cosas, damos el ejemplo como adultos, entonces nuestros niños van a entender y aceptar sin tener que poner tantos límites extorsionadores.

* Por Mauricio José Strugo, psicólogo y terapeuta gestáltico especialista en "Pareja y familia".

Con información de www.clarin.com/entremujeres

 

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