Sabado 25 de Noviembre de 2017

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ANALÍA ROFFO Editora Jefa de la Sección Opinión de Clarin, una amiga, que también “tuvo una experiencia fulminante”. Todo lo que aprendí cuando mi corazón falló.
¿Cambia una persona luego de vivir una crisis que la lleva muy cerca de la muerte? 

ANALÍA ROFFO Editora Jefa de la Sección Opinión de Clarin, una amiga, que también “tuvo una experiencia fulminante”. 

Todo lo que aprendí cuando mi corazón falló

Experiencia fulminante. ¿Cambia una persona luego de vivir una crisis que la lleva muy cerca de la muerte? Una periodista de Clarín confiesa que se volvió menos omnipotente, entendió la importancia de sentirse querida y desdramatiza todo aquello que no es definitivo.

Ahora te movés, desgraciado …” El cardiólogo Fedor Novo le hablaba a mi corazón . El “desgraciado” rendía su examen final con un ecocardiograma, antes de ser dado de alta en el Hospital Alemán después de un mes de tragedia griega que se cerraba con la catarsis y el humor de Fedor.

Llegué al Alemán el lunes 30 de junio del 2008, con una gripe imponente, un cansancio homérico y dos desmayos en mi haber.

Por esos años, yo todavía era omnipotente.

Cualquier sensato llega a una Guardia antes y no pierde tiempo elaborando teorías acerca de que los “desmayos se deben a que la gripe me bajó la presión a mí, una hipertensa moderada y medicada”.

En la Guardia del Alemán me recibió una médica joven, de la que me apena no saber su nombre. Recuerdo los de todos los cardiólogos que me salvaron la vida y no sé el de esa chica activa, que con el mismo estilo expeditivo encargaba análisis urgentes y retaba a Martha, la hermana del alma que me había acompañado, porque nadie había advertido mi gravedad. Recuerden: la responsable era yo, que todavía era omnipotente.

Pero es cierto que la omnipotencia y la negación tienen sus ventajas. Quizá por eso, desde la camilla de la Guardia en donde me sacaban sangre y me prohibían hasta moverme para ir al baño, le pedía a Martha que les avisara a Claudia y a Cristina que no podía cenar con ellas el miércoles; que llamara a mi psi, porque no iría a terapia esa semana; y que le pasara a Fabián las claves de mi correo en el diario para que pudiera abrirlo.

Yo me estaba muriendo, pero no lo sabía.

Y eso es bueno: la vida siempre da pelea desde la rutina y desde la previsión de los obses como yo. La muerte no estaba agendada, menos mal.

Después de los análisis y del relato de la gravedad cardiológica que me hizo Sol Donato, quedé internada. No retengo datos precisos del diagnóstico, quizá por mi debilidad y porque debía estar ya medicada. Sólo recuerdo que a la noche pasó la nutricionista y me preguntó qué quería comer. Vivo recomendando, con gratitud perenne y merecida, a todos los cardiólogos del Alemán. Pero la Guía Michelin debería dedicar una página a su servicio de almuerzo y cena, que notoriamente lo reinstala a uno del lado de los placeres de la vida.

Lo cierto es que aquel pollito y el puré son, en serio, los últimos referentes de la vida consciente. A partir de allí sobrevienen doce días de coma farmacológico, entubamiento para poder respirar y colocación de bombas extracorpóreas para hacer el trabajo que el corazón ya no podía.

¿Cuándo aparece el diagnóstico de miocarditis fulminante ? ¿Ese mismo lunes, el martes? Yo entré en coma sin saberlo, lo cual creo que fue una virtud. Semanas después supe que la miocarditis fulminante es un proceso virósico feroz que arrasa al corazón y hace estropicios con los músculos en general. Las estadísticas indican que en América latina sólo un 20 por ciento zafa de la muerte y, en abrumadora mayoría, gracias a un transplante. Soy uno de los pocos casos que sobreviven sin recurrir al transplante. Un Guinness para agradecer obstinadamente.

Es curioso: hay doce días de mi vida en total inconsciencia, reconstruidos gracias al relato de mi familia y mis amigos. Ustedes saben: hace décadas que soy editora y que tengo un oído entrenado para títulos, frases, focos, comienzos y finales. Para mí la vida no suele estar tanto en los pliegues, como quería Chejov, sino en el entramado de textos potentes que la sostienen.

La editora anota entonces lo que su familia y sus amigos recuerdan. El martes 1º de julio, Claudio Higa, cardiólogo y lector de Murakami, sintetiza: “Tenemos que poner las bombas ya, porque si no pronto Analía deja de ser Analía”. Imagino el momento, veo a unos llorando con otros y me ilumina la frase de Higa: la identidad de Analía está en su corazón.

Y ahí empiezo a desanudar la miocarditis. Hemos leído a Sontag y sabemos de “la enfermedad y sus metáforas”. Hemos leído a Foucault y sabemos que “en algún momento de la vida hay que sentir y pensar de otra manera para poder seguir sintiendo y pensando”. Así que no hay dónde esconderse: uno sabe que cuando el corazón se para, exhausto, es porque no puede ni quiere seguir funcionando como lo hacía . Que se ahoga en un corset, que pide recuperar la expansividad y el gozo del abuelo tano y que le den respiro las rigideces de la abuela gallega, que añora los afectos que abren puertas y ventanas y no los que se empecinan en la oscuridad, que quiere menos agenda y control y más libertades y desprolijidad. En fin, mejor malbec y más cobijo.

Hace muy poco, Marcela Cabo Fustaret, mi gran cardióloga, redondeó la metáfora: “Usted tuvo que poner afuera su corazón –las bombas tuvieron que trabajar por él– para hacerlo funcionar de otra manera”.

Mi corazón pudo empezar a funcionar de otra manera gracias a cuatro operaciones que en una semana hicieron Blas Mancini y Osvaldo Tenorio. La editora anota lo que dicen los testigos: iguales romerías eran los equipos médicos que salían en manifestación detrás de ella hacia el quirófano, como los amigos y familiares que se amontonaban en cada operación. Higa recuerda que él y Pablo Comignani esperaban de madrugada el resultado de la última (a cara o cruz, sin aliento), mordiendo una porción de pizza, cuando les pasaron un llamado deClarín . No sabían quién era, pero preguntaba cómo había salido la operación.

La operación en la noche del 8 al 9 de julio fue un éxito. Nunca sabréqué conjunción de ciencia y dioses hizo el milagro , pero no dudo que el amor que me rodeó fue una energía imbatible . Salí del coma el 12, sin tener idea de qué me había pasado. Me dolía un poco el cuerpo y no entendía qué venían a revisar los médicos. Había empezado a salir de un sopor en el que recordaba sueños muy cruentos: el cuerpo sometido a torturas, gente muy violenta alrededor, incluso la certeza de estar en un campo de concentración. El cuerpo había sufrido mucho y se lo había hecho saber a mi inconsciente.

Me costaba hablar y me angustiaba no poder expresarme. Mi amigo Daniel ideó un sistema para hacerme entender: me iba mostrando letras que yo aceptaba o rechazaba para construir una frase. “Me quieren matar” fue la primera que armé. De la inconsciencia había salido aterrorizada.

Superé ese terror a fuerza de muchos afectos y de un gran relato.

Me maravillaba ver a mis sobrinos Julieta y Francisco haciéndome bromas, a mi hermano Daniel dándome de comer en la boca porque no podía levantar ni siquiera el tenedor, a Claudia (la mamá de mis sobrinos) moviendo los hilos como una titiritera infatigable para que todo el engranaje de sostén fuera de perfecta relojería; a Raquel, Claudia M., Cristina, Fabián, Claudio, Lidia, Ricardo R., Olga, Hinde, Silvia, Dani, Ismael, Rubén, María Luisa, Ana, Paddy… qué sé yo, todos los que se daban vueltitas para verme unos minutos y dejarme su calidez en carradas.

El gran relato se lo debo a Higa. No debe ser sencillo narrar la verdada quien vuelve de la muerte. Dosificó la historia en dos tandas y puso por delante el final feliz. La humanidad de los médicos es tan importante como su talento y yo fui beneficiaria de ese equilibrio en toda la gente que me trató.

Ya con total lucidez (si me permiten la hipérbole), la fragilidad del cuerpo se imponía por sobre cualquier otro rasgo, como también la imposibilidad de moverlo a piacere . Estaba sobre un colchón de agua, muy cómodo, pero que me remitía a “Regreso sin gloria”. Enseguida me acordé de Jon Voight y de las espectaculares escenas eróticas con Jane Fonda y constaté que había recuperado humor y ganas de vivir.

Los días en el Alemán no tenían respiro: cardiólogos, enfermeras, kinesiólogos, terapeutas… cada uno venía a chequear, a hacerme ejercitar, a preguntar. Mi conmoción mayor fue con una terapeuta ocupacional. Vino a preguntar por mi profesión, por mis ganas de volver a trabajar, por cómo imaginaba mi futuro. Yo tenía tal percepción de ajenidad en mi cuerpo que le dije que no sabía si mi mano derecha podía escribir. Me alcanzó papel y lápiz. Lloré mientras escribía mi nombre.

Yo volvía a dominar las letras.

Recuperé el oficio semanas después. Estaba en el consultorio de Mancini, que me explicaba con lujo de detalles las características de la miocarditis fulminante, de mis operaciones y de las bombas extracorpóreas que me habían colocado mientras mi corazón no podía consigo mismo. Escuchaba atentamente, hasta que me atreví a salir del rol de enferma y preguntar: “¿Usted cómo maneja su estrés?”Había vuelto al periodismo.

Pero me faltaba todavía mucho para volver a Clarín . Un mes entero en el Alemán me había dejado muy débil y no podía vivir sola. La solidaridad de mi hermano Daniel y su familia –incluidos Moro, Vicky y Lolo– ayudó notablemente a la recuperación, como los mails y los llamados de tanta gente del diario. Ningún mail fue borrado.

Todo está guardado en la memoria de la compu y la mía , como cada abrazo de mis compañeros y el cartel de bienvenida, el 28 de octubre.

Volví a mi casa el sábado 13 de septiembre. Rubén, mi analista, me había recomendado volver un par de veces antes, para llenar la heladera o dejar prendida la estufa, e ir superando el shock de estar sola en el lugar del que había salido moribunda sin saberlo. Cumplí con todas las instrucciones, que atemperaron el regreso. El lunes 15 recibí los diarios. Ahí estaba la tapa de Clarín, con la emblemática foto del empleado de Lehman Brothers sacando las cosas de su escritorio porque la empresa había quebrado.

El mundo se derrumbaba, pero yo estaba viva .

Ese sentimiento de carpe diem me acompaña desde la salida del Alemán. No es cierto que uno cambia radicalmente ni que vive justo a contrapelo de cómo vivía. Pero me parece que la noción de tentar el límite de la vida y la muerte, ver que uno quedó insólitamente del lado de la estadística inesperada, comprobar que la segunda oportunidad existe empuja a vivir más de acuerdo con la gracia que a uno le ha sido dada.

En mi caso, dejando que el corazón se imponga , que sea menos estricto y más intenso, más sensible y abierto. Lo dicho: mejor malbec y más cobijo.

Fuente: ANALÍA ROFFO, Editora Jefa de la Sección Opinión de Clarin

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